Caminó por la playa, encorvado y tosiendo. Se quedó contemplando las olas oscuras. La fatiga le hacía tambalearse. Regresó y se sentó junto al chico y volvió la a doblar el paño y le limpió la cara y luego extendió el paño sobre su frente. "Tienes que quedarte cerca", se dijo. "Abrázalo. El último día en la Tierra."
Miraron el último de los vagones y luego siguieron la vía hasta la locomotora y se subieron a la pasarela. Herrumbre y pintura descamada. Entraron en la cabina y el hombre sopló la ceniza que tapizaba el asiento del maquinista y puso al chico a los mandos.
Hizo ruidos de tren y de sirena diésel pero no estaba seguro de qué podrían significar para el chico aquellos ruidos. Pasado un rato se quedaron sin más frente al parabrisas cubierto de cieno, mirando hacia donde la vía torcía para perderse en la fosca.
Si vieron mundos diferentes sus conclusiones fueron las mismas: que el tren se iría descomponiendo a perpetuidad y que ningún tren volvería a funcionar jamás.
- ¿Podemos irnos, papá?
- Sí, claro que podemos.
Hizo ruidos de tren y de sirena diésel pero no estaba seguro de qué podrían significar para el chico aquellos ruidos. Pasado un rato se quedaron sin más frente al parabrisas cubierto de cieno, mirando hacia donde la vía torcía para perderse en la fosca.
Si vieron mundos diferentes sus conclusiones fueron las mismas: que el tren se iría descomponiendo a perpetuidad y que ningún tren volvería a funcionar jamás.
- ¿Podemos irnos, papá?
- Sí, claro que podemos.

Escarbaron en las ruinas calcinadas de las casas en las que antes no habrían entrado. Un cadáver flotando en el agua negra de un sótano entre esperdicios y cañerías herrumbrosas. Entró en una sala de estar parcialmente incendiada y a cielo abierto. Todo húmedo. Pudriéndose. En un cajón encontró una vela. No había cómo encenderla. Se la metió en el bolsillo. Salió a la luz gris y se quedó allí de pie y fugazmente vió la verdad absoluta del mundo. El frio y despiadado girar de la tierra intestada. Oscuridad implacable. Los perros ciegos del sol en su carrera. El aplastante vacío negro del universo y en alguna parte dos animales perseguidos temblando como zorros escondidos en su madriguera. Tiempo prestado y mundo prestado y ojos prestados con que llorarlo.

La carretera atravesaba un lozanal seco donde tubos de hielo sobresalían del fango congelado como estalagmitas. Restos de un fuego antiguo junto a la carretera. Más allá un largo paso elevado de hormigón. Un pantano muerto. Árboles muertos surgiendo del agua gris con colgajos de una turba gris y residual. Las salpicaduras de ceniza sedosa en el encintado. El hombre enfermo se apoyó en el arenoso antepecho de hormigón. Tal vez en su destrucción sería posible al fin ver cómo estaba hecho el mundo. Océanos, montañas. El fatigoso contraespectáculo de las cosas dejando de existir. La extensa tierra baldía, hidróptica y fríamente secular. El silencio.




























